Santa Clara, 8 de octubre de 2017.- Desde temprano en la mañana Las Villas se preparaba para el día en que el pueblo cubano rendiría homenaje a un hombre único como el Che. Más de 60 mil villaclareños, representando a 11 millones de cubanos y cubanas, homenajearon en la Plaza Ernesto Che Guevara al hombre que Raúl le presentara a Fidel en México y que tras una larga noche de charla, pasara a ser el médico de la expedición del Granma, el mismo que lucharía sin dudarlo con inmenso sentido de internacionalismo, codo a codo con cubanos y cubanas en la búsqueda de una sociedad justa e igualitaria, de una Cuba libre, digna, independiente y soberana.
Hoy Cuba, a 50 años de su vil asesinato en La Higuera, lo recuerda como el líder, el revolucionario, “ese modelo sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud” como dijera Fidel, como ese hombre que se ha transformado en millones, como “el Hombre Nuevo al que debemos aspirar”, en palabras del Primer Vicepresidente Díaz Canel Bermúdez.
Ernesto, el Che, continúa siendo ese imperativo, ese ejemplo moral que se sintetiza en el juramento de los pioneros cubanos cuando dicen “Seremos como el Che”.
En Villa Clara miles de niños, adolescentes y jóvenes lo recuerdan y lo sienten junto a todo el pueblo cubano, como hubiera hecho él, dando el ejemplo.
Ernesto había nacido con una conformación física excelente, pero debido a una neumonía que le afectó en la ciudad de Rosario, cuando aún no tenía 15 días de edad, quedó con una propensión a las afecciones pulmonares, y a los dos años esta propensión hizo crisis con su primer ataque de asma.
El ataque duró muchos días y Ernesto quedó marcado definitivamente por esta enfermedad. La arrastró siempre y fue un tremendo obstáculo en su vida.
Con su carácter de acero contraatacó el mal de forma tal, que mediante ejercicios físicos —principalmente natación y gimnasia— consiguió superar ese lastre y llegó a ser un buen nadador en estilo mariposa y un excelente jugador de golf. Además practicó la esgrima, el patinaje, la equitación, el boxeo, la pelota a mano y con paleta, el tenis, el fútbol, el rugby y el alpinismo.
Una persona bien dotada físicamente puede practicar estos deportes, pero es muy difícil que se destaque en todos. Pero lo más difícil es que un chico enclenque que no soportaba el clima de Buenos Aires, que a veces no podía caminar una cuadra, llegara a practicar con el correr de los años deportes tan agotadores como el rugby y el alpinismo.
Cuando estuvo en México subió como entrenamiento a los grandes picos montañosos, algunos de los cuales llegan a alturas de más de cinco mil metros.
Este era su entrenamiento para estar en forma cuando tuviera que entrar como guerrillero en Cuba.
En la lucha guerrillera en Cuba caminaban jornadas de siete a ocho horas en lo más espeso de la manigua, ya que es la ley de la guerrilla el desplazamiento rápido, mucho más que el de cualquier soldado de ejército convencional.
Esta demostración de carácter para imponerse a sí mismo tales ejercicios, sobreponiéndose a su grave afección asmática es lo que mi familia más admiró en Ernesto.
Como homenaje al 50 aniversario de la caída en combate del Guerrillero Heroico, ceintos de cubanos participaron en una simltánea de ajedrez realizada en el Hotel Habana Libre. Ernesto Che Guevara fue uno de los principales impulsores del juego ciencia en Cuba luego del triunfo de la Revolución en 1959.
Fútbol
Cada vez que se sentía mejor del asma buscaba la ocasión de practicar alguno de sus deportes favoritos y uno de ellos era el fútbol. Cuando niño en Alta Gracia armaba una cancha en cualquier potrero. Allí no había campos especiales para niños, pero a ellos poco les importaba cómo fuera. Con tal que hubiera un espacio llano sin malezas, allí estaba toda la chiquillería jugando al fútbol, y un par de sacos o chaquetas marcaban las porterías. En cuanto a la pelota, si no se encontraba quien tuviese una de cuero o de goma, la improvisaban con papeles de periódicos prensados y sujetos con o cordeles o tiras de trapo.
No importaba que el día fuera frío o caluroso, no importaba ni los vientos ni la lluvia, el fútbol hipnotizaba a mis hijos y a todos los chicos de Alta Gracia y, por qué no decirlo, a todos los chicos de la República Argentina.
Recuerdo haber presenciado los comienzos de este deporte en nuestra patria. Yo era muy pequeño, pero se grabó en mi memoria la cantidad de goles que nos metían los equipos ingleses que venían a jugar a nuestro país. El mejor de los argentinos se llamaba Alumni. La mayoría de los componentes eran descendientes de ingleses. No obstante, cada vez que venían los futbolistas galeses nos arrasaban. Recuerdo cifras como estas: 40-0, 50-0, y el cero era siempre para nosotros.
Entretanto, en las tribunas los espectadores que entonces poco entendían este deporte revelando un nacionalismo exagerado hacían “pan francés” e insultaban groseramente a los equipos visitantes. Pero los ingleses no se inmutaban. Entonces no supieron que habían dejado plantada la semilla que germinaba en nuestro país. Crecieron como hongos las canchas en todas partes donde los chicos pudieran patear la pelota. Veinte años después nuestros jóvenes equipos ganarían torneos internacionales en la propia Inglaterra.
Se comprende así que en todo nuestro territorio la juventud llegara a un verdadero fanatismo con respecto al fútbol.
Los diarios de los lunes llenaban cuatro o cinco hojas con el resultado de los partidos jugados el domingo con toda clase de comentarios y fotografías.
Estando en el Sierras Hotel de Alta Gracia, cuando mis hijos Roberto y Ernesto eran aún niños (ocho y once años), un íntimo amigo mío, notando su presencia en una reunión de gente, les preguntó a modo de broma: “¿A que no sabéis los nombres de los jugadores del Boca?” Cuál no sería la sorpresa de mi amigo cuando los dos al unísono le fueron dando a toda velocidad los nombres de los once jugadores. Las personas allí presentes se reían a carcajadas, al comprobar la rapidez con que habían contestado a la pregunta; pero lo que no sabían los que escuchaban es que además podían dar de memoria los nombres de los jugadores de River Plate, de Racing, de Tigre y de la mayoría de los cuadros de primera división. Y es que realmente el fútbol los apasionaba.
Ernesto fue creciendo y perfeccionando su manera de jugar. Recuerdo que estando en Leticia, ciudad colombiana limítrofe con Brasil y Perú, acompañado de su amigo Alberto Granado, con quien había atravesado gran parte de Sudamérica, y no teniendo dinero para proseguir el viaje en avión hasta Bogotá, aceptaron un ofrecimiento que les hicieron para que entrenasen como profesionales a un equipo de fútbol, cosa que hicieron con gran éxito, pudiendo así pagar dichos pasajes.
* Ernesto Guevara Lynch: Padre del Guerrillero Heroico Ernesto Guevara de la Serna. Texto aparecido en el libro Mi hijo el Che, de la Editorial Arte y Literatura, 1988.
Rosalba Juárez, viuda de Carlos Puebla. Foto: Julieta García Ríos/ Juventud Rebelde.
“Erróneamente muchas personas creen que Puebla compuso Hasta siempre Comandante al morir el Che. Pero no fue así. Nosotros estábamos viendo por la televisión el acto de constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Fue el 3 de octubre de 1965, y precisamente esa noche Fidel dio a conocer la carta de despedida del Che. Mi esposo, conmovido por la noticia, se dirigió a su estudio y no salió de allí hasta haber concluido la canción, la cual hizo al momento”.
Rosalba Juárez, viuda de Carlos Puebla, compartió ese momento de su vida como quien confiesa una verdad necesaria.
La conocí un día de mayo de 2005, en una reunión de la Sociedad Cultural José Martí, de la cual fue miembro, donde se entonaron las notas de una canción que Puebla dedicara al Apóstol.
Alguien mencionó que ella estaba presente en el auditorio. Salí a su encuentro. Días después sostuvimos la entrevista en su casa del capitalino municipio de Guanabacoa, en cuya fachada atrae la atención un gran pentagrama.
Era una mujer risueña, de voz pausada y excelente dicción, cualidades que se sumaron para hacer posible un diálogo muy agradable.
— ¿Cuándo y en qué circunstancias conoció a Carlos Puebla?
—Fue por los primeros años de la década del 40. Estaba yo en Manzanillo, pasando unos días con unas amistades de aquel lugar. Allí conocí a una muchacha llamada Nena Mahy, quien me invitó a ir a su casa a escuchar a un joven muy romántico que hacía unas canciones preciosas. Acepté, y fui. Me encontré a un muchacho sentado con una guitarra en la mano. Luego empezó a deleitarme con sus canciones.
— ¿Qué pasó?
—Me impactó, y al parecer yo también a él.
—Y continuaron viéndose…
—Sí, en la iglesia, Puebla era ateo y murió siéndolo. Pero por mí fue y se sentó allí. Al salir me invitó a tomar helados en un salón llamado La Dominica. Después seguimos viéndonos pero solo por unos días porque yo fui para Santiago a visitar a mi hermana mayor.
“Comenzamos a cartearnos. A veces él venía a verme a Holguín, mi tierra natal, y en otras ocasiones yo lo visitaba. Estuvimos noviando unos cinco años, porque al no tener salario fijo no tenía forma de mantenerme”.
— ¿No debió ser fácil la condición de esposa de un artista?
—No cuando lo amas y confías en él. Nosotros nos llevábamos muy bien porque ambos nos aceptamos tal como éramos, con nuestras virtudes y defectos. Eso es fundamental en las parejas. Además teníamos mucho en común. Ambos disfrutábamos de la lectura y nos recomendábamos libros.
“Existía muy buena comunicación entre los dos; hay parejas que viven juntas y están separadas, pero nosotros estábamos muy unidos. A mí me gustaban sus canciones y cuando él terminaba de componerlas me las cantaba para que le diera mi opinión.
“También disfrutaba de nuestras salidas, aunque él no era amigo de cócteles y farándula. Me encantaba bailar, pero desde que me casé con él no lo hice más porque él no sabía. A decir verdad él no daba un paso”.
— ¿Y a Puebla le molestaba que usted lo hiciera?
—Él me decía que bailara con sus amigos. No era celoso, pero siempre me negué porque me hubiese gustado mucho bailar con mi esposo.
—Fue un hombre que conoció a muchas personalidades…
—Sí, entre ellos a Nicolás Guillén, quien lo apreciaba muchísimo; tanto fue así que él prologó su disco Este es mi pueblo. Ellos se veían a menudo en La Bodeguita del Medio. Un día llegamos allí y Puebla, al saludarlo, le preguntó: ¿Cómo está, poeta? Y Guillén le dijo: ¡El poeta eres tú!
“Otros de sus amigos fueron Guayasamín —en la sala de la casa se exhibe un retrato que el pintor ecuatoriano le hiciera a Puebla— también Salvador Allende, Pablo Neruda. Siempre que venían a Cuba lo visitaban. En el extranjero se entrevistó con Agostinho Neto, y en República Popular Democrática de Corea departió con su Presidente”.
— ¿Cómo era Puebla?
—Igual de bromista en la calle que en la casa. Siempre fue amable y cariñoso, tanto conmigo como con su hija y nietos. Era un hombre extremadamente cuidadoso y tremendo lector. Solo llegó a hacer el sexto grado, pero leía muchísimo. Sus libros no estaban en el librero clasificados pero él sabía dónde estaba cada uno.
“Cierta vez un periodista le preguntó cuál le había gustado más de los países él había visitado —más de 30— y le respondió que Cuba, y ante la interrogante de cuál era el lugar dónde se había sentido mejor, dijo: mi casa.
“Puebla era un repentista nato, de esas personas de las cuales las ideas surgen como un manantial. De cualquier tema sacaba una canción o un chiste.
“Le gustaba quedar siempre bien en su trabajo. Un día tenía fiebre de 40 grados y le sugerí que no fuera a trabajar enfermo. Me contestó que de cualquier manera seguiría sintiéndose de ese modo y que prefería irse.
“Padecía de diabetes, pero decía que él era el dueño de su enfermedad. La niña tenía como 12 años cuando le pedí que se cuidara, porque lo necesitábamos. Entonces me dijo: “Si tengo que vivir diez años tomándome la pastillita y limitándome a comer ciertas cosas, prefiero regalarle cinco años a la muerte y vivir el resto feliz”.
La casa del pentagrama
Manos del cantautor Carlos Puebla, Museo de cera de Bayamo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.
El 24 de junio de 1948 se casaron en Manzanillo Carlos Puebla y Rosalba Juárez. Allí vivieron cerca de tres años hasta que se trasladaron definitivamente para La Habana después que cumplió seis meses de nacida su hija María Antonieta, quien al crecer regaló a sus padres tres nietos.
Desde su llegada a La Habana, Puebla comenzó a ganarse la vida junto a su conjunto Los Tradicionales en La Bodeguita del Medio, sitio donde conocería a muchos artistas e intelectuales de la época.
La casa de Tejadillo 60, en La Habana Vieja, fue la primera morada de la familia en la capital. “Vivíamos muy estrechos; pagábamos 30 pesos mensuales y teníamos que dejar una cuota de fondo. Por tal motivo guardábamos todos los días el peso del alquiler. Eran tiempos duros y el único ingreso provenía de la propina que le daban en La Bodeguita”.
La antigua habitación número 204, en la calle Cuba, del dueño del famoso restaurante, fue la próxima casa de Puebla. Ángel Martínez le cedió el alquiler de ese inmueble cuando fue a vivir para la casa contigua a su negocio.
A solo un año y seis meses del triunfo de la Revolución, el 4 de julio de 1960, el Instituto Nacional de la Vivienda (INAV) le entregó una casa al destacado músico.
“Es esta casa de Guanabacoa, donde aún vivimos sus seres más queridos. Ese mismo año de 1960 Puebla mandó a un herrero a incrustarle en la reja de la ventana delantera su pentagrama: Llegó el Comandante y mandó a parar”.
Una crónica de casi 2 000 canciones.
El 11 de septiembre de 1917, en la región oriental de Manzanillo, nació Carlos Manuel Puebla Concha, quien antes de dedicarse por entero a la música ejerció los oficios de carpintero, obrero azucarero y zapatero. Casi 2 000 canciones fueron compuestas por él. Y lo hizo hasta poco antes de morir, el 12 de julio de 1989, cuando ya su visión era precaria. Entre sus creaciones hay guajiras, boleros, sones, marchas, y hasta un sucu sucu que es el tema musical de la COCO, emisora radial de Ciudad de La Habana. El tema Hasta Siempre Comandante es uno de los más populares.
*Tomado de la entrevista Cantor del pueblo, publicada el 4 de octubre de 2005.
Buenos Aires, 7 oct (PL) Voces unidas, las emociones y sobre todo, las fuerzas para seguir la lucha y su legado fue el homenaje que rindieron hoy los rosarinos a uno de sus hijos más grandes, el argentino Ernesto Che Guevara.
Reunidos en la sede del Sindicato de Luz y Fuerza, jóvenes y representantes de organizaciones sociales encabezaron un acto auspiciado por la multisectorial de Solidaridad con Cuba y la Patria Grande Rosario.
Banderas de Cuba y Argentina ondearon entre los puños levantados de los allí reunidos que ratificaron el compromiso de difundir el legado y pensamiento guevariano, en víspera de cumplirse 50 años de su caída en Bolivia.
En el acto estuvieron presentes el embajador cubano en Argentina, Orestes Pérez, la sindicalista Sandra Silvetti, de la Asociación de Trabajadores del Estado Rosario-PAMI, y una amplia representación de grupos solidarios y movimientos sociales.
Emociones y aplausos se vivieron al cierre de esta primera parte, al escucharse con fuerza el tema Querida presencia, compuesta por el cantautor cubano Carlos Puebla y que hoy es símbolo de cada homenaje al Che.
Desde el Sindicato los presentes marcharon juntos hacia el monumento en bronce que rinde tributo al Guerrillero Heroico en Rosario, instalado en el Parque Yrigoyen desde 2008, donde permanecerán hasta la 00:00 hora local de mañana, para conmemorar la muerte de Che Guevara.