lunes, 20 de febrero de 2017

La Batalla de Salta y la grandeza de Belgrano

Por Luis Borelli El Tribuno
El 20 de febrero, luego de la victoria, se presentó ante Belgrano el coronel realista Felipe de La Hera. Era para comunicar la rendición de su ejército al mando de Pío Tristán.

Luego de oírle atentamente, Belgrano le espetó: ?Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana, y que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación. Que él haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos ocupados por sus tropas; que, por mi parte, voy a mandar que se haga lo mismo en todos los que ocupan las mías?, dice Paz en sus Memorias.
La Hera no podía creer. Ellos, los realistas, que habían cometido toda clase de tropelías en el Alto Perú, ahora, después de la derrota, eran tratados con consideración y respeto. Estaba sorprendido, pues esperaba una reacción similar a Suipacha, con abusos y crueldades.
Y así fue. En la tarde del 20 de febrero ?quedaron compuestas las paces -dice Frías-, que las firmó Belgrano en el campo de la Tablada, a quien llamó en adelante ?Campo del Honor...; y Tristán a la noche de ese mismo día, con sus oficiales?.

Lo pactado

Por lo firmado, el ejército real saldría el 21 de febrero a rendirse en el mismo campo donde había luchado, jurando no volver a levantarse en armas contra las Provincias Unidas. Y más aún, sus hombres quedaban libres. Esa noche del 20, los dos ejércitos permanecieron en los lugares donde los había encontrado el alto al fuego. Y así amanecieron el 21, mientras continuaba lloviendo.

Ya cerca de las 10 de la mañana -cuenta Frías-, el ejército real con todos su soldados y el general, se encaminaron a las afueras de la ciudad, que por el norte quedaba a dos cuadras de la plaza Mayor (9 de Julio). Llevaban banderas replegadas, armas al hombro, la artillería rodando y la caballería con sables desenvainados; los jefes a la cabeza y batiendo marcha de tambores. Iban a rendirse...?.
En tanto, el Ejército del Norte esperaba a los realistas en el sitio que hoy ocupa la plaza Belgrano, al norte del canal de Tineo, y donde comenzaba el campo de Castañares. Al llegar los realistas, estos echaron sus armas a tierra, bajaron estandartes y la emblema española fue dejada al pie de la bandera del Juramento que sostenía Belgrano.
Al fin -sigue Frías-, fue el turno del general del rey. Tristán apeóse del caballo y avanzó hacia Belgrano para entregar su espada, pero cuando hizo el ademán, Belgrano le extendió los brazos y se confundieron en un prolongado abrazo?. Mientras tanto, niños, hombres y mujeres, de a pie y a caballo, miraban juntos a la tropa, los detalles de tan emotiva ceremonia. Después, los vencidos se encaminaron en tropel hacia la ciudad para guarecerse en sus cuarteles, pero esta ya estaba ocupada por los patriotas. Es que mientras ellos se rendían, Superí con sus tropas ocupaba los edificios.
Luego ingresó a la ciudad el general Belgrano con su ejército. Lo hizo por la calle de la Merced (20 de Febrero), dobló hacia el naciente por la del Yocci (España), hasta la plaza Mayor. Lo seguía la banda de música y mostraba ?un semblante grave y tranquilo, dice Frías.
Con la bandera nacional iba el coronel Rodríguez, quien la subió al Cabildo tras dar vivas a la Patria, mientras las campanas de la ciudad echaban a vuelo. Pasado el festejo, Belgrano dispuso que los muertos, de uno y otro bando, fueran sepultados en una misma fosa. Luego, se agradeció a Dios la victoria ?cantando el tedeum en la iglesia de San Francisco, por hallarse la catedral (iglesia de los Jesuitas), cubierta de sangre y heridos, despojos de la batalla.


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